Era viernes

Sucedió más o menos así: Era viernes, porque así debía de ser, pues el viernes es el día de Venus y de ahí vienen las mujeres y porque ese es el planeta que rige a los nacidos bajo el signo de Libra. Era un día mágico, cabalístico para algunos, de alineación cósmica-galáctica-interestelar para unos cuantos elegidos: Dos, que a pesar de su edad, aún podemos llamarlos niños. Ocho de agosto de dos mil ocho. Más de año y medio de intentar, al menos él, olvidar sin entender que no era ese su camino sino el de perdonar y por encima de ello, el de perdonarse. Era viernes. El trabajo las últimas semanas no había hecho sino aumentar y sus energías se dispersaban en un agotamiento tan sofocante como el calor del edificio en el que trabajaba y al que ese día le habían decidido dar mantenimiento precisamente en lo que a la instalación de aire acondicionado se refiere. Total, debía ser una mezcla de ambos factores (trabajo y calor), lo que provocó en él tal alucinación: Ahí estaba ella, había pasado delante suyo sin mirarlo, abstraída en sus pensamientos. Pero debía ser eso, una alucinación, un espejismo. Decidió ignorarla y sin pensarlo dos veces apretó el botón del elevador. Era viernes, así que disponía de una hora libre en medio de sus dos trabajos, pues ese día salía temprano del primero de ellos. Noble, amable y diligente como es, no negó en prestar su ayuda para completar una última tarea ese día. Era algo fácil y le quedaba de camino a su otro trabajo, así que... ¿Por qué no? Entró al Edificio y no prestó atención a la temperatura. Registró su entrada y subió directamente al último piso, donde debía entregar un documento para terminar la misión que le había sido encomendada, lo cual realizó sin mayor problema. Entró de nuevo al elevador y pulsó el botón correspondiente a la planta baja. Ya estando ahí, pensó que aún le quedaba mucho tiempo y decidió saciar su curiosidad (sí, esa que normalmente mata a los gatos) así que se dirigió a observar un organigrama del edificio. Sintió una mirada, o más bien su subconsciente lo entendió, pero su conciencia no le prestó atención, al igual que cuando escuchó los pasos cansados de alguien que detrás suyo tocaba el botón del elevador. Tenía una duda y decidió preguntarle a esa persona para resolverla. Entonces supo que era él. Era viernes. Y cuando sintió que un dedo le tocaba el hombro volteó instintivamente para atender el llamado. No bien había distinguido quien era cuando dos brazos lo rodearon y lo apretaron hasta casi sacarle el aire. Sorprendido, no supo que hacer: había pensado tanto en ese momento. cuando por fin volverían a encontrarse y había imaginado tantas situaciones... Ya en los días anteriores había tenido esa sensación de que pronto la volvería a ver, pero lo de esa tarde era inesperado. La separó para preguntarle algo que olvidaría apenas miró sus ojos, entonces la abrazó y comprendió la magia que había alrededor, pues por unos instantes se teletransportaron a un lugar fuera de este mundo, un campo lleno de flores que se encontraba más allá de las olas del mar y de las arenas del desierto: Ese lugar donde le había hecho la promesa de que siempre estaría esperando para ella, de tal modo que si un día regresaba, lo encontraría. Era viernes, pero no era un viernes cualquiera. Era un día que, aunque esperado, había llegado de forma inesperada, pues nunca pensó topárselo de frente como había sucedido. Cuando se despertó por la mañana pensó que sería sólo el último de una semana más, más nunca se imaginó que estaría abrazándolo justamente a él antes de que terminara el día. Parecía que ese abrazo no tendría fin, pero él tenía trabajo que hacer y le preguntó que si quería acompañarlo un momento pues quería que hablaran un poco. Subieron y ella, que ya le había ayudado en ocasiones anteriores, volvió a tenerlo de frente y por un momento todo parecía como si el tiempo no hubiera pasado: Él estaba junto a ella, compartiendo un escritorio en el que, al igual que en sus sentimientos, reinaba el caos. Era viernes, estaba un poco nublado y cuando salió al correo todo indicaba que saldría del trabajo hasta muy noche, pues las tardes nubladas lo ponían triste y no lograba concentrarse, por eso ya no le gustaban. Había cambiado, así como había cambiado ella, pero allí estaban, juntos, por azar o por destino, pero juntos de nuevo y eso, entre la carga de trabajo que había tenido en las últimas semanas, lo hacía sentir feliz. Temeroso de que desapareciera (aunque lo más correcto sería decir: deseoso que no se fuera), la invitó a comer, pero ella había rechazado su invitación, pues aún tenía que presentarse a su otro trabajo. Entonces él se ofreció a acompañarla al elevador, y ya en él, pues la acompañó hasta que salieron del edificio y pues, como no había comido, pues decidió ir a comprar algo para matar el hambre, pero antes, la acompañaría hasta su otro trabajo y aprovecharía para seguir platicando con ella, unos minutos más para tenerla a su lado. Así que caminaron para llegar a su trabajo y, aunque ella había prometido regresar, el miedo de separarse y no verla más lo invadía. Así que se despidió con un largo abrazo mientras que en la ciudad, las primeras gotas empezaban a caer. Era viernes, y muchas ganas de trabajar vendiéndole cosas a desconocidos por teléfono no tenía. Su segundo trabajo no le gustaba y estaba pensando en renunciar. Así que cuando él la abrazó y quedaron sus caras muy cerca una de la otra, como deseando besarse, aprovechó la incipiente llovizna para preguntarle si quería sentarse en la parada del transporte público para seguir platicando. Así lo hicieron y frente a ellos los coches pasaban despreocupados, la gente corría para tratar de llegar a un lugar donde ponerse a salvo de la lluvia que se aproximaba. Todos y todo no podían ver lo que ellos veían, sentir lo que sentían, vivir lo que ellos dos, afortunados, estaban viviendo. El final feliz de un viaje y un regreso que parecía increíble. Ella finalmente se decidió a faltar a su trabajo y decidió acompañarlo a comer. Cuando el se ofreció a llevarla a su casa, aceptó muy contenta. En la ciudad caía una auténtica tromba. No podría decir cuantos pensamientos pasaron por su mente, pero mientras esperaban un taxi lo abrazó de nuevo, y otra vez, sus rostros quedaron tan cerca que un beso era inevitable, o al menos eso parecía, pero entonces fue él quien separó su cara en un vano esfuerzo por resistirse a lo que se le venía encima: estaban juntos de nuevo, para seguir aprendiendo el uno del otro, para comprobar que a veces los límites que nos imponemos pueden romperse por alguna extraña energía cósmica-galáctica-interestelar, pero lo más importante de ello, para ser felices. Era viernes, y jamás podrán olvidarlo. Ese viernes él se reencontró con ella y ella con él. En una coincidencia o consecuencia cósmica-galáctica-interestelar se vieron y hoy, aunque no es viernes ya, estan juntos, sin títulos, sin un nombre que defina su relación, pues no han podido encontrar uno que defina aunque sea de forma superficial su comunión. Y no es que eso signifique que no sea serio, que sea una aventura, no. Es que lo que estamos viviendo, ella y yo, mis amables, pacientes y pluscuamperfectos lectores, es algo tan especial que quiero compartirlo con Ustedes, para tratar de mostrarles que la curiosidad, sí, esa que debió haber matado ya al infame gato de Schödinger, provocara que el propio felino se saliera de la caja para gritarme en plena cara: ¡Estoy vivo!

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