Carta abierta para una verdadera amistad en el Día de San Valentín
El día de San Valentín me gusta por su toque gore. Corría el año 270 D.C., cuando, en Roma, el emperador Claudio II “El Gótico” (quien no es antepasado de Batman) publicó un edicto que prohibió el matrimonio a los soldados. Su fundamento era la necesidad del Imperio de contar con soldados para sus frecuentes guerras y en opinión del emperador, el matrimonio era incompatible con la carrera militar, pues era más difícil convencer a un hombre casado de dejar a su esposa e hijos para ir a combatir a las provincias. Fue entonces que el obispo de Interamma, un tal Valentín, ideó reunir en secreto a las parejas de novios ante él, para unirse en sagrado matrimonio. Cuando Claudio II se enteró de tal desobediencia, ordenó la aprehensión del obispo y lo condenó a renunciar a su religión (cristiana, obvio) para convertirse a culto de los dioses romanos, pero al no poder conseguirlo, el emperador finalmente ordenó la muerte del obispo, quien tras sendas palizas y su lapidación, fue decapitado. Ay no más.
Sea o no cierta la historia de líneas anteriores (su existencia no ha sido comprobada), este día lo dedicamos al amor y a la amistad. Por qué está bien eso de tener cuates con quienes salir, convivir y demás y también está padre tener a una persona a quien demostrarle amor, cariño y cursilería y poder abrazarla, besarla y esas cosas. Y es que, con tantos globos, chocolates, flores y corazones inundando la Ciudad hoy el amor brilla en la cara de los enamorados. Pero, ¿Qué pasa en otros días?
Hay veces que perdemos de vista algunos amores que nos rodean y de los que raramente se habla el día de hoy; y es que, entre la vida diaria, la rutina, el estrés, la velocidad con la que nos manejamos (en esta Ciudad y con tanto tráfico, casi siempre es la primera y a veces, la segunda), las distracciones y en este año, hasta las elecciones hacen que no valoremos esos amores que nos rodean. El amor de tus padres, el de tus hijos, el de tus hermanos y hermanas, el amor de Dios (si, ese por el que nos ruegan que nos portemos bien), pero sobre todo, el amor a ti mismo, que es el que quiero que hoy no olviden ni tú ni aquellas personas que sufren de violencia en su relación y a quienes posiblemente hoy les llegarán con la cajota de chocolatotes, la lencería sexy, el detallito de los globos gigantes de corazones o el arreglo de flores de tres o cuatro pisos. Si has sufrido un episodio reciente violencia, debes saber que aunque en este día tu pareja se comporte de forma extremadamente amorosa y te jure y perjure su arrepentimiento, es posible que no lo esté. Infórmate, no te digo que yo sea un santo (obvio que no lo soy) ni tampoco te pido que no disfrutes este día, pero también es el día de la amistad y como tu amigo, me preocupa tu felicidad.
El tal Valentín se convirtió en Santo después de ser mártir. Yo no veo ninguna razón válida para que tú lo seas también.
Finalmente, comparto contigo ese grandioso diálogo que sostienen Hemingway y Gil Pender (el personaje de Owen Wilson) en la deliciosa “Medianoche en París”:
- ¿Has hecho el amor con una mujer hermosa?
- Mi prometida es muy sexy.
- Y cuando haces el amor con ella, ¿Sientes una pasión verdadera y bella y, por lo menos en ese momento, le pierdes el miedo a la muerte?
- No, eso no pasa.
- Creo que el amor real crea un refugio de la muerte. Todos los cobardes vienen de no amar o no amar bien, que es lo mismo. Y cuando un hombre, que es valiente y verdadero, mira a la muerte en la caza, como unos cazadores de rinocerontes que conozco, o Belmonte quien es realmente valiente, es porque aman lo suficiente como para sacar a la muerte de sus pensamientos. Hasta que regresa, como lo hace en todos los hombres. Y entonces tiene que hacer el amor bien de nuevo.
Piénsalo.
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